I. Introducción: Bienvenidos a un mundo sin oxígeno
“Imaginad por un momento que sois bacterias. Vuestra existencia depende de una única cosa: el oxígeno. Pero no para sobrevivir, sino para evitarlo a toda costa. Os mata. Así que vivís escondidas, en lo más profundo de las mucosas, lejos del aire, protegidas por otros microbios que consumen lo poco que hay. Sois anaerobios. Y vuestra estrategia evolutiva es magistral.”
Así suelo empezar esta clase. Y no es una teatralización gratuita. Quiero que entendáis el ecosistema en el que viven estas bacterias. No son como los aerobios que conocemos mejor, no se cultivan con facilidad, ni dan signos clínicos ruidosos. Pero cuando actúan… actúan en silencio, con inteligencia, y muchas veces con consecuencias devastadoras.
Muchos clínicos, incluso expertos, las olvidan. Pero están ahí: en los abscesos que no responden a amoxicilina sola, en las apendicitis perforadas, en los empiemas que no mejoran tras ceftriaxona, en las sinusitis crónicas que se cronifican más de la cuenta.
Así que hoy vamos a sumergirnos en su mundo. No os daré solo listas de antibióticos, sino las claves para entender cuándo sospecharlas, cómo tratarlas con sentido, y cuándo decir: “esto no es una infección cualquiera”.
- Olor fétido (patognomónico en secreciones).
- Infecciones cercanas a mucosas.
- Presencia de gas en tejidos (crepitación).
- Formación de abscesos o necrosis.
- Falta de respuesta a aminoglucósidos.
- Metronidazol: Elección en abdomen y pelvis.
- Clindamicina: Piel, partes blandas y boca.
- Amox/Clav: Infecciones polimicrobianas.
- Carbapenems: Casos graves/multirresistentes.